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Centenario de Mandela
4 noviembre, 2017
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10 Emilio Castro e MandelaPor Juan Raúl Ferreira.

Después del día de Todos los Santos, y el día de los muertos, ambos más allá de ser creyente o no, nos recuerdan a una gran figura que queremos empezara recordar: Nelson Mandela. El año que viene harán 100 años de su natalicio en una fecha Patria nuestra: el 28 de julio. Desde ya los “Amigos de Mandela nos preparamos para la conmemoración que merece y que tendrá el aval oficial de la ONU, a dotarse en la Asamblea General que comienza en pocos días.

El 18 de julio es una fecha destinada a grandes acontecimientos: En España el 82 aniversario del 5o. Regimiento Republicano, clave en la resistencia madrileña al Fascismo en la Guerra de España, bajo el mando del Comandante Carlos, Lister, Campesino, Galán y Modesto.  En Johanesburgo un joven abogado celebraba su mayoría de edad. Nelson Mandela. El nuevo ciudadano sin derechos como consecuencia del racismo imperante en su país, estaba llamado a cambiar la historia del mundo.

Que privilegio… lo conocí. Bueno, es un poco exagerado. Lo vi. Dos veces. Poco importa al mundo, a mi sí y mucho. Pero lo importante es lo que él vio: la Tierra Prometida. No dejó el legado inconcluso de llegar como Moisés al Pueblo hebreo, ni de Luther King a los afroamericanos al que el llamaba “neegers” parafraseando el término despectivo de los racistas. Pero el legado de Mandela no es llegar a donde el no pudo si no, no retroceder lo en  lo él logró y legó. . Si queda vivo su legado, este es no perder lo conquistado. En homenaje a ello estas breves notas del camino de la vida.

En estas partes del mundo, salvo elites de estudiantes y profesionales Mandela no era demasiado conocido cuando fue preso  a inicios de la década del 60. Su figura comenzó a crecer internacionalmente en la cárcel. Por el año 64 quiso visitar a Uruguay el Ministro de Agricultura Sudafricano, pero su joven colega uruguayo, mi padre, no lo quiso recibir en protesta por el Apartheid y en solidaridad con una huelga de hambre que desde la cárcel hacía un hombre de cuarenta y pocos años; Nelson Mandela.

Pasaron los años, todos fuimos creciendo y también el prestigio de Mandela. En mis años de exilio en Washington, la WOLA, institución de derechos humanos en la que yo trabajaba, focalizaba toda su labor en América Latina. pero en aquel histórico edificio frente al Capitolio al número 100 de la Avenida Maryland convivíamos luchadores libertarios (“freedom fighters”) de todas las causas. Conocí pues, muchos exiliados Sud Africanos y marché más de una vez frente a la Casa Blanca, junto a ellos pidiendo la Libertad de aquella Leyenda con nombre.

Un grupo de uruguayos, Nicolás Grab, si no recuerdo mal Alejandro Artucio (con quien la democracia uruguaya tiene una deuda permanente) y algunos otros exiliados en Ginebra, habían formado la Asociación Uruguaya contra el racismo y el Apartheid, de la que no recuerdo cómo terminé de Presidente. Ahí empecé a leer y aprender más de esta figura gigante a quién el régimen racista, cuanto más aislaba, más proyectaba internacionalmente.

Esa vueltas de la vida, en al año 79 me mudo a Nueva York donde ingreso por concurso como Sub Director y representante ante ONU de la Liga Internacional de Derechos Humanos. La oficina quedaba sobre la calle 46 Este a pocas cuadras de la sede de la ONU. Aquella primaveral iba revisando las páginas de la declaración que debía de leer sobre el Apartheid y la libertad de Mandela. tenía audiencia con la Primera Comisión, la de Asuntos Políticos de la Asamblea General estaba en proceso.

Finalizada la sesión pensaba, “esto que he hecho es un mínimo granito de arena de los millones que día a día arriman seres solidarios alrededor del planeta. El sabrá algo de esto?

No me acuerdo exactamente cuándo fue.  por allí por el año 82, cuando ya soñábamos que el regreso al Uruguay se haría esperar, pero llegaría… Me llama de Ginebra el Pastor Emilio Castro, el padre espiritual de todos los uruguayos que estábamos exiliados. Un Uruguayo ilustre, si los hay, que aunque su pasaporte había sido anulado por “APATRIDA” por la dictadura uruguaya, era, nada más ni nada menos que el Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias. “el Papa protestante” le decía mi viejo con singular y contradictorio humor.

Emilio había conseguido autorización para visitar a Mandela en su celda. Iríamos Maureen Berman, conocida activista de DDHH, el Rev. Bill Wipfler, por el Consejo de Iglesias de EEUU: Castro, por lo menos dos más cuyos nombres no recuerdo y yo por la Liga Internacional de Derechos Humanos. No podía creerlo. La leyenda iba a tener rostro. hacía poco que lo habían trasladado de la Isla de Robben donde había estado más de 15 años y decían que el nuevo centro de reclusión era ejemplar. Querían mostrarlo y no aguantaban ya, por primera vez, la presión internacional.

Y lo vimos. Solamente pudimos verlo. Era el preso 46664. Estaba sentado en una celda de muy escasa luz. Lo hicieron pararse y girar 360 grados para que observáramos a distancia que “estaba bien.” Solamente le pudimos regalar una mirada, un gesto solidario, breve, interrumpido, violentamente, aunque con modales corteses.  Que horrible, dejar que la puerta se cerrara ante nuestros ojos, irnos y dejarlo allí. solo, sin poderle haber dado un abrazo, un apretón de manos, una palabra de aliento… Horrible.Luego, el pastor uruguayo  Emilio Castro con el paso de los años, como Srio. Gral del Consejo Mundial de Iglesias se volvió su amigo.

Retornada la democracia en Uruguay, legisladores de todos los Partidos golpeábamos las puertas de la Embajada. Uruguay, tiene con él,una gran deuda. Fue de los pocos países que ni durante el régimen militar ni durante  la transición a la democracia nunca rompió relaciones diplomacias. Alfonsín, fue lo primero que hizo,  en cumplimiento de las resoluciones de ONU.  “Es un terrorista” era la única respuesta que recibíamos en la lujosa residencia de Carrasco. Pero Uruguay no rompía relaciones y con e so ganaba unos pasitos con la regata Whitebread que por no poder amarrar en Buenos Aires por tener veleros de bandera Sudafricana, lo hacía un Punta del Este. Aceptábamos el Apartheid a cambio de estirar un par de semanas la temporada.

El 11 de febrero de 1990 no hubo lugar en el mundo donde la gente no ganara las calles para celebrar su libertad. Ahí Uruguay le reconoció con todos los honores.

Lo volví a ver en Argentina, en la Cumbre del Mercosur de Ushuaia cuando en julio de 1998.  Yo estaba allí com Embajador uruguayo. Y él.. él como Presidente de una Sudáfrica libre y democrática. Y embajador Mundial de la Paz. No me atrevía ni acercármele. Tuvieron algunos presentes que forzarme a hacerlo. No me recordaba por cierto, pero así aquella su primer visita del mundo exterior en años, en la quedábamos DOS Uruguayos. Todos los que allí estaban lo ovacionaron y en el rostro de cada uno se adivinaban sentimientos y la convicción de estar ante un Gigante de la Historia.  Porque él marco de uno, a varas generaciones del siglo XX.

Terminó sus palabras en Ushuaia diciendo “Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento”.

Fuente: Uy Press, 3 de noviembre de 2017

 

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