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EL SILLÓN DEL FUNDAMENTALISMO
13 julio, 2017
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1926 Max Ernst - La Virgen castigando al Niño Jesús delante de tres testigos André Breton, Paul Éluard y Max Ernst

 

Por Javier Pioli.

Jugar con palabras…

Bien diría un psicoanalista que sin puesta en palabra no hay posibilidad de trabajo, no hay análisis posible. Y si yo no hablo, ni el mismo Freud ni Lacan me sacarán nada. De forma análoga, creo que el juego de palabras, las transliteraciones, las rimas, las sustituciones generan un espacio nuevo que abre la cancha al humor y al absurdo, pero también al pensamiento.

 A principios de siglo un grupo de locos reunidos en Suiza crearon un movimiento que pronto interesó a poetas, escritores, músicos y artistas plásticos de otros países. En medio de la Primera Guerra Mundial, dieron lugar a exposiciones y espectáculos controversiales, con los que criticaron el absurdo del conflicto y la forma en que los intelectuales y artistas habían colaborado en su justificación. Se hicieron conocer bajo el nombre de ‘dadaístas’, se burlaron del arte burgués, crearon poemas con palabras al azar, presentaron un urinal acostado como si fuera una escultura, una pintura que tenía juegos de palabras obscenos. Jugaron con el sinsentido como una forma de desenmascarar aquel mundo acartonado y racional arrojado a la guerra.

Pero el juego de palabras no lo inventaron los dadaístas. El mismísimo apóstol Pablo utilizaba en sus cartas expresiones que permitían varias interpretaciones, o usaba términos propios de la cultura greco-latina a los que les asignaba otro significado. En los evangelios también aparecen juegos de palabras.

Por eso me tomo la libertad de jugar con las palabras y decir que el fundamentalismo es, en buena medida, lo que dice el propio término aunque no nos demos cuenta: una funda-mental. Es la funda, la cobertura, la silobolsa, el nylon que protege la mente de toda posible agresión foránea. Como si la doctrina fuera un sillón en el que estamos cómodos, la funda-mental es esa tela plástica lavable que impide que el jugo del locro o el pelo de perro conquisten la fina tela y echen a perder el mueble. Ella lo conserva, lo protege, lo aísla del mundo fétido, de los gérmenes y de mis patas sucias.

The Fundamentals

Obviamente, no era eso lo que pensaban quienes hicieron publicar a principios del siglo XX la serie de libros que dieron origen al concepto de “fundamentalismo”. En 1910, un rico petrolero californiano financió a un grupo de teólogos protestantes para que redactaran una publicación seriada que defendería los ‘fundamentos’ del cristianismo. Y la llamaron The Fundamentals.

Pero lo relevante es que esta publicación hizo visible la preocupación que existía entre muchos norteamericanos frente al avance de la ciencia moderna y del pensamiento teológico ‘liberal-progresista’, frente al uso de los métodos histórico-críticos para interpretar la Biblia, y frente a las fuertes transformaciones sociales que experimentaba un país cada vez más urbano e industrial. En ese clima de ansiedad e incertidumbre, los fundamentalistas pasaron a ocupar el lugar del conservadurismo teológico.

 ¿Pero qué defendían en concreto estos ‘fundamentalistas’? En principio solo cinco puntos centrales:

  • la concepción virginal[1]
  • la naturaleza divina de Cristo y sus milagros como hechos históricos reales
  • la crucifixión y muerte de Cristo como expiación sustitutoria
  • la resurrección de Cristo y la certeza en su segunda venida
  • la autoridad e inerrancia de la Biblia.

Hasta allí se trata de cinco afirmaciones que no deberían sorprendernos demasiado y que en realidad no parecen de un conservadurismo atronador.  Pero a los pocos años los llamados ‘fundamentalistas’ también arremetieron contra la enseñanza del evolucionismo en las escuelas, atacando aspectos que consideraban desmoralizantes de la sociedad norteamericana.

Curiosamente, mientras el dadaísmo ponía de cabeza con su extravagancia los convencionalismos del mundo burgués, desde EEUU el fundamentalismo se convertía en el restaurador del ideal cristiano. Mientras los teólogos que habían entrado en diálogo con las ciencias sociales e históricas intentaban repensar los dogmas de la fe, el protestantismo conservador procuraba rescatar del fuego los viejos ideales de la cristiandad.

A modo ilustrativo elegí la imagen con la que se encabeza esta columna. Se trata de una pintura de Max Ernst, un artista germano-francés que adhirió al movimiento dadaísta y que luego pasó al campo del surrealismo. En 1926 pinta esto: “La Virgen castigando al Niño Jesús delante de tres testigos: André Breton, Paul Éluard y Max Ernst”.[2]

Quizá a nosotros nos cause gracia, pero en la época Ernst estaba jugando con un ícono de la cristiandad. La posición sedente y los colores utilizados son los mismos que la iconografía tradicional. Pero acá en vez de la actitud amorosa, la ternura o la solemnidad maternal de las pinturas barrocas, Ernst presenta a una María desbordada, que ha perdido todos los atributos de la virgen. El niño está boca abajo, perdiendo el halo por la fuerza con que su madre lo golpea en las nalgas. En el fondo, tres personalidades del surrealismo francés contemplan la escena. Entre ellos el mismo Ernst.

Es obvio que esta pintura generaría polémica, y sin duda fue concebida para provocar. Después de siglos marcados por la influencia rectora de la religión cristiana, ahora se daba un nuevo paso y los íconos más sagrados podían ser objeto de juego y sátira. En el siglo XV toda la pintura era religiosa, pero en el XX la modernidad permitía un espacio de libertad para jugar con lo que antes había sido intocable.

Ese era precisamente el lugar en el que entraba indignado el fundamentalismo protestante, que intentó defender lo que veía como valores inmutables y sagrados del cristianismo. Fue como una reacción revulsiva, instigada por la incertidumbre que producía un mundo en transformación.

En defensa de los valores

Aún hoy los fundamentalismos siguen una lógica similar. De forma genérica, podemos decir que se trata de pensamientos y prácticas con pretensiones absolutas, que intentan imponer sobre el resto sus propias formas de creer, hablar, sentir… Son discursos totalitarios pues no aceptan el derecho al disenso. Reconocen que otros piensan distinto, pero desde su funda-mental ven al disidente como un enfermo o un opositor. En suma, para el fundamentalismo tardo-moderno, el que piensa distinto es un perverso o un pervertido.

En un conocido capítulo de Los Simpsons de 1996, la ciudad ha sido atacada por osos y el alcalde decide crear una ‘patrulla’ contra estos animales. Pero los impuestos aumentan y los vecinos se enfurecen. Para desviar la atención, el alcalde anuncia a todos que los altos impuestos son culpa de los inmigrantes ilegales. Entonces Moe -el dueño de la taberna local- grita furioso: “¡Inmigrantes! Sabía que eran ellos. ¡Aun cuando fueran los osos, sabía que eran ellos!”. Histéricamente, la esposa del reverendo Alegría chilla diciendo: “¿Alguien por favor quiere pensar en los niños?”

La frase causó sensación. Me crié oyendo esa expresión frenética una y mil veces cada vez que se emitía ese episodio, y hoy la traigo a colación porque satiriza una actitud frecuente en el fundamentalismo político y religioso. Porque el fundamentalismo utiliza como golpe bajo argumentos que tocan las fibras más sensibles de nuestra humanidad. Busca imponer su visión y sus opciones políticas argumentando que ese es el camino para salvar y proteger lo más preciado: los niños, la familia, la seguridad, la justicia, la dignidad humana, la libertad, el derecho a la vida, las tradiciones recibidas. “¿¡Quiere alguien por favor pensar en los niños!?”

En Uruguay, desde hace unos años viene hablándose de algo llamado “la bancada evangélica”[3]. Aunque me parece un término impreciso y hasta poco feliz, lo cierto es que existen diputados nacionales que, tras sus propias filiaciones partidarias, también responden a un lobby de corte conservador carismático-evangelical (bautistas, pentecostales, iglesia Misión Vida). Se parece a un modelo en pequeñísima escala de lo que ocurre en Brasil.

Esta ‘bancada’ se reúne con referentes de sus iglesias, y lo han hecho para discutir temas de agenda pública relacionados a la suspensión de la gravidez, a la regulación del consumo, cultivo y expendio de cannabis, al matrimonio entre personas de mismo sexo, a las pautas que rigen los trámites de adopción. Todas temáticas que giran en torno a la salud sexual y reproductiva, a la familia, a la intimidad.

En una nota realizada en 2015, el diputado blanco Gerardo Amarilla –de confesión bautista- afirmó que el gran desafío que tenían como cristianos era el de “influir en distintos partidos políticos, y no ser influidos”. Por su parte, el diputado Álvaro Dastugue –miembro de la Iglesia Misión Vida- declaró que se sentían llamados a “fomentar los principios y valores cristianos” para “bendecir a un país que galopea (sic) a un relativismo moral”. Censura tajantemente la ley de interrupción del embarazo y también critica la adopción de niños por parte de parejas de mismo sexo[4]. En general, ellos han señalado la crisis de (un) modelo de familia y cuestionan el tipo de ejemplo que recibirían los niños adoptados por parejas homoafectivas. Aquí la voz de la esposa del reverendo Alegría vuelve a resonar en mi memoria. “Nadie piensa en los niños…”

 No hay ningún fundamentalismo que no diga que vino a ‘defender los valores’. Esa es la bandera, la miga de pan en la que viene escondida la píldora. De forma explícita o solapada defienden una verdad inmutable, se sienten llamados a difundirla, sin dejarse contaminar por los discursos de un mundo que consideran perverso o pervertido.

Ahora bien, yo me pregunto si el fundamentalismo es siempre conservador y reaccionario. Porque esas son las formas más evidentes y las que más escozor nos generan. Pero deberíamos pensar también si detrás de otros movimientos no existe el germen de ese pensamiento que absolutiza una visión de las cosas, que niega el derecho al disenso y que dice actuar en defensa de valores superiores…

 

El fundamentalismo del otro

A partir de lo ocurrido en EEUU a principios de siglo el fundamentalismo ha prestado su nombre a muchos movimientos. Curiosamente, también a principios pero de nuestro siglo la sociedad norteamericana y el mundo fueron conmovidos por la emergencia de otras formas de fundamentalismo político y religioso.

Alguna vez oí decir que el fundamentalismo era el hijo bastardo de la modernidad. Porque la modernidad abrió las puertas a una renovación en el pensamiento, pero también a una serie de transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales, que han generado grandes conflictos.

Cuando nos sentimos amenazados por un entorno en transformación, cuando el pensamiento del otro, la penetración cultural o el discurso predominante desestabilizan las bases sobre las que yo he construido mis convicciones, entonces una opción es la de ponerse una funda-mental. Es la estrategia que utilizo para hacerme impermeable, para negar toda posibilidad de encuentro, para reivindicar mis convicciones.

Pero no hay nada de malo en reivindicar lo propio. El problema estriba en que el bastardo de la modernidad tiene pretensiones absolutas, y su funda-mental exalta y aísla mi convicción hasta un punto en el que no es posible el diálogo. Y entonces se convierte en un discurso cerrado, autocomplaciente, que niega al otro/a como posible fuente de verdad o cuanto menos como invitación a la reflexión. Por eso es violento.

Ahora bien, otro gran problema es que el discurso dominante tiende a hacernos pensar que el fundamentalismo está en el otro. Siempre es el otro el fundamentalista, el que se niega al intercambio, el reaccionario conservador o el que atenta contra mi mundo y mis convicciones. En cambio, yo prefiero pensar que el fundamentalismo es una estructura que existe en latencia en todos nosotros. Independientemente de nuestras opciones religiosas o ideológicas, de los modelos de vida, organización familiar, vida sexual o de las preferencias alimentarias que sigamos, el fundamentalismo está ahí presente. Y puede activarse como las esporas de una bacteria cuando sentimos que hay un otro/a que está al acecho, que me amenaza o que me quiere refutar.

Por eso, parafraseando el texto de Lc.6:41, yo diría que el peligro también está cuando solo veo la funda en la mente ajena.

Pero quienes somos parte de una comunidad de fe debemos valorar un preventivo que puede ayudarnos a prescindir de la funda-mental y a cultivar la libertad. En sus orígenes, las comunidades de fe habían sido un espacio de encuentro entre sujetos que eran esencialmente distintos: había esclavos, comerciantes, propietarios de esclavos, judíos de estirpe, gentiles que traían sus propias tradiciones.

Desde su génesis la iglesia es la comunidad de los/as diversos/as, de quienes al reconocerse pecadores saben que son finitos, vulnerables, débiles. No es la casa de los soberbios o los dueños de la verdad; es la comunidad de los que buscan, a pesar de las tensiones. Y los que buscan normalmente vienen de diferentes lugares, traen sus trayectorias, frustraciones, convicciones, duelos y anhelos. La iglesia debe atesorar las diferentes búsquedas particulares y ponerlas en relación.

La iglesia es la comunidad de los distintos, ligados por una misma fe. Judíos y griegos, varones y mujeres, vírgenes surrealistas, poetas provocadores, socialistas defraudados, católicos en búsqueda. Acá estamos, iguales y distintos a la vez. Por eso no hay necesidad de fundas mentales.

(Ponencia presentada en panel sobre fundamentalismos, organizado por la Iglesia Valdense de Paraná-Santa Fe, en el marco de su ‘espacio de formación teológica colectiva’. 18 de junio de 2017)

 

[1] De un lado, los estudios histórico-críticos se interesan por la forma y contexto en que se confeccionaron los relatos bíblicos, y por eso llegan a la médula de los textos originales. En los evangelios solo se encuentran dos pasajes en los que aparece una referencia a la virginidad de María (Lc.1:26ss, Mt. 1:18ss). Pero en ambos el término utilizado es parthénos (parqe,noj), que podría definirse como ‘doncella’ o ‘mujer joven en edad de casarse’, mas no estrictamente como virgen en sentido fisiológico. Si bien en el horizonte cultural semítico la virginidad de la mujer era un aspecto importante a la hora de concertar un matrimonio –especialmente entre las familias encumbradas-, es históricamente improbable que este hábito tuviera observancia estricta en todos los sectores sociales. De la mano de esta lectura, algunos teólogos intentaron refutar la idea de la virginidad de María, mientras otros simplemente concluyeron que este aspecto no era un asunto central en el relato evangélico.
Reaccionando contra esta tesis, el fundamentalismo exalta la virginidad de María y refuerza esta condición como ideal ético. En este caso lo que predomina es una lectura literal de los textos, que reacciona contra una crítica histórico-literaria que relativiza conceptos que eran vistos como dogmáticos.
[2] Max Ernst – “La Virgen castigando al Niño Jesús delante de tres testigos: André Breton, Paul Éluard y Max Ernst” (1926, óleo sobre lienzo, 196 x 130 cm, Ludwig Museum, Colonia)
[3] Véase http://www.elpais.com.uy/que-pasa/evangelicos-que-banca-ley-dios.html . Nota publicada el 13/09/2015. Por Paula Barquet.
[4] Véase http://dioseslocos.org/la-bancada-evangelica-en-el-uruguay/ . Nota publicada en La Diaria en agosto de 2015. Por Nicolás Iglesias.

Sobre el autor

Javier Pioli

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